Blanco Amor y los premios literarios

Adolfo Sotelo Vázquez

CULTURA

Al hilo de la edición de «Los miedos» en la colección «Letras Hispánicas» del sello Cátedra, el autor evoca la nula fortuna que marcó al narrador ourensano

04 mar 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Aprovechando la oportunidad de la muy reciente edición en la colección Letras Hispánicas del sello Cátedra de la novela de Eduardo Blanco Amor (1897-1979) Los miedos (1963), quiero glosar algunos aspectos de su andadura como narrador (en gallego y en castellano) y la escasa suerte que le depararon los galardones literarios, que el destino ha querido en parte contrarrestar con las 42 ediciones del premio que lleva su nombre y que han obtenido novelas de Víctor Freixanes (1982), Alfredo Conde (1984), Suso de Toro (1997) y Xesús Fraga (2019), de una lista heterogénea.

En primer lugar, hay que señalar que en el canon de la novela española de los años 40 y 50 del siglo pasado se echan en falta (al menos) tres novelas desatendidas con sobrada ceguera. Me refiero a Miss Giacomini (1941) de Miguel Villalonga, La catedral y el niño (1948), de nuestro autor, y La careta (1955), de Elena Quiroga. Sin duda dentro de la prolongación del gran realismo que nutrió las novelas decimonónicas, La catedral y el niño es una obra maestra que debe ser reivindicada con absoluta justicia. Lo hacía en 1949 —en carta a Blanco Amor— Francisco Fernández del Riego: «La he leído con gran avidez, como se leen las cosas que a uno le son gratas. Hay en ella una belleza de estilo, una riqueza de lenguaje y una trama incitante que me han cautivado». Y lo ha hecho más recientemente Alfredo Conde: «Blanco Amor é o autor da mellor novela realista da primeira metade do século XX en España, que se chama La catedral y el niño», opinión que comparto si se admite que la trilogía Los gozos y las sombras cabalga entre 1957 y 1962. Blanco Amor, narrador, obtuvo por ella uno de los premios convocados por el Centro Gallego de Buenos Aires en 1948 y que levantó injustificadas reticencias.

Ya con A esmorga (1959) en su equipaje de narrador, Blanco Amor prepara Los miedos, una novela que guarda estrecha relación con La catedral y el niño, y cuya redacción había iniciado en 1958 en gallego para cerrarla en castellano en el verano de 1960, cambio que decidió al observar que la publicación de A esmorga era silenciada. Y, sin embargo, en las correspondencias de los escritores y críticos contemporáneos se ofrecen opiniones categóricas sobre la suficiencia estética de la novela. Así, por ejemplo, cuando corría enero del 62 —fechas en que Blanco Amor asumía de mal talante el fracaso de Los miedos en la votación final del premio Nadal— Ramón Piñeiro y Basilio Losada se carteaban con frecuencia. En la misiva del 21 de enero, Losada le escribe satisfecho por la actividad de los narradores gallegos y en concreto sobre Como calquer outro día (1962) de Camilo González Suárez-Llanos: «Pode ser a terceira obra maiestra da novela galega da posguerra, as outras dous son para min o Merlín de Cunqueiro e A esmorga». Pocos días después, Piñeiro se explaya en la valoración de la narrativa gallega de posguerra: «Comparto os seus xuícios valorativos sobre a nova narrativa galega. O Merlín é, de certo, una das máis fermosas cousas que se teñen escrito na nosa língoa. Tamén A esmorga é una boa novela, una obra lograda, como vostede sinala. Eu conocina no orixinal, porque nos foi enviada polo autor por si a queríamos editar en Galaxia. Nós intentámolo, pro foi refugada pola censura». Piñeiro remata su juicio con estas palabras: «É una das máis interesantes que se escribiron nos derradeiros anos en galego».

La Vanguardia Española del domingo 7 de enero de 1962 enfatiza el cambio radical que acometió el jurado del Nadal en el curso de las votaciones. Un titular de primera hora anunciaba que «Los miedos pisa los talones a El curso» en la cuarta votación, ambas con siete votos, mientras en recuadro anuncia el triunfo de la novela de Juan Antonio Payno, tras quedar eliminada (tres votos) en la quinta votación la novela que Blanco Amor había presentado bajo el seudónimo Trasmar. En consecuencia, el novelista ourensano no alcanzó siquiera la votación final. A tenor de las opiniones de los miembros del jurado estaban molestos por la gran cantidad de originales presentados bajo seudónimo y acordaron no aceptarlos en futuras ediciones del premio. En su anual resumen para el semanario Destino (13-I) el secretario del premio, Rafael Vázquez Zamora, escribía: «Los miedos de Trasmar seudónimo, naturalmente, novela deliciosamente escrita y de una maestría que revela la veteranía del autor oculto bajo ese seudónimo, es otra buena historia de infancia y adolescencia».